39 Días 7 y 8 de
Diciembre.
Dado que ayer fue de día de transición entre países y hoy
también viajamos no hay mucho que contar mas allá de las peripecias que le
ocurren a uno cuando viaja por lugares no muy trillados por el turismo
convencional.
Por suerte, ayer cuando íbamoss al aeropuerto de Yangon para
despedirnos definitivamente de la antigua Burma para los ingleses, Birmania
para los países de habla hispana y Myanmar para sus ciudadanos, no encontramos
nada del tráfico salvaje, inhumano y feroz que abunda los días laborales.
Una vez cumplido con los adioses mentales nos embarcamos y
llegamos a otro caos de tráfico pero un poco menos feroz y menos salvaje, el de
Bangkok.
Volvemos a tocar esta ciudad por una sola noche ya que el
tren por todos loado como el bueno para viajar hacia el sur de la península de
Malaca, sale una sola vez al día y lo hace a las 8:05.a.m.
Lo primero que hicimos nada mas llegar fue ir a la estación
de tren, el hotel lo habíamos tomado a 600 m de la terminal y conseguimos
nuestros billetes que nos aseguraban continuar viaje hacia el profundo sur.
Tanto la estación como el hotel están en pleno barrio chino.
En la primera estancia lo paseamos un domingo y nos defraudó un poco por
solitario y apagado pero esta vez en sábado y por la noche, fue otro cantar.
Las calles colapsadas de coches, los viandantes toreando a los vehículos, todo
es luz y color. Las aceras están tomadas por puestos de comida donde el
personal hace colas interminables para probar sus especialidades, al griterío
se le unen los cláxones y uno
sospecha que hubiera sido mejor salir
con un xanax en el cuerpo para no sentirse sobrepasado.
Llevamos idea de cenar en Samsara, con terraza frente al rio
y con la ventaja de que por las noches no se ve lo que flota, pero pese a que
nos costó encontrarlo y dar con él en el dédalo de callejones que bordea la
ribera del río, la suerte nos fue esquiva y al llegar no había lugar. No nos
importó gran cosa porqué de camino pasamos por un chino que se veía muy auténtico
y elegante o por lo menos mas elegante que los puestos de la calle.
La última mesa libre es para nosotros. Eva grita de
regocijo, tienen sopa de aleta de tiburón, ¡¡¡¡ Yupiiii!!!!. La sopa , además de carísima, no era mejor
que una sopa de boda de las que se hacen con maicena. El Lechón asado
posiblemente fuera cocinado allá por la época de Gengis Khan, seco y correoso
por la falta de jugos, quizá perdidos después de múltiples recalentamientos. Lo
único pasable fue un guiso picante de verdura y tofu que yo me pedí. Que malo
el restaurante chino de muebles laqueados y labrados profusamente y lleno de chinos.
Estación de tren variopinta con trenes que recuerdan a
nuestra infancia.
Llega la ruidosa máquina de diesel con 3 vagones, todos
numerados con el número 2. ¡¡¡ Mierda!!! El nuestro es el vagón 3. Que no cunda
el pánico y que impere la lógica, si hay 3 vagones y yo tengo el 3 seguro que
es el último. Hacia allá nos dirigimos y le enseño el billete a la azafata, me
mira con desdeño, seguro que esta pensando que este bruto extranjero no sabe
contar y me señala el primer vagón. Estaba claro que eligiera el que eligiera,
al final me iba a equivocar.
Entrando al vagón y antes de acceder a la zona de asientos
hay unos estantes suficientemente grandes para poner maletas. Conforme entramos,
todos los guiris las vamos depositando en ellos hasta que llegó el comandante y mandó a parar.
Entra un boina verde, grande como un piano de cola, las baja , las deja en el
pasillo y nos indica que deben ir sobre nuestras cabezas. La zona que nosotros
invadimos estaba destinada para las cajas con vituallas para darnos de
desayunar ,bollo con crema pastelera y de comer
a eso de lass 11, unas almejas fritas, tan saladas que podrían haber
reventado el corazón de un hipertenso y
un curri amarillo con arroz.
He corrido mucho en el relato. Ya estamos aposentados, se
hace la hora de salir pero no nos movemos. Entran Pepe Gotera y Otilio cargados
de herramientas y desmontan un asiento que por lo visto no inclinaba el
respaldo. Han sido 35 minutos de suspense, mientras los walkies de todos los
operarios presentes, mecánicos, revisores, policías , replicaban ordenes en tailandés, supongo que dispares ya
que provenían de distintos departamentos pero sonaban al unísono provocando una
sensación de desconcierto considerable.
Mientras esto sucede, pasa un fulano y me llena de jabón la
ventanilla, vuelve a pasar y me echa más jabón, por un momento pienso que el
paisaje que me espera lo contemplaré a través de un filtro espumoso, mas he
aquí que detrás viene otro con un carrito con depósito y bomba de agua que
riega y limpia las ventanas. ¡¡¡¡ Que servicio!!!
Tras 6 horas y cuarto,llegamos a Bang Saphan Yai,bajamos del trén a toda prisa porque lleva retraso y no quieren acumular mas y cual es la sorpresa que nos llevamos que aquí no hay taxis, ni tuktuk ni la madre que los parió.
Camino hacia el pueblo y en una mezcla de librería de viejo
y kiosco de prensa hay un rubio que
chamulla el inglés y el quiosquero que tiene 6 dedos en una mano. Los dos van
mas cocidos que crudos y se avienen a llevarnos al hotel.
Tras 6 horas y cuarto,llegamos a Bang Saphan Yai,bajamos del trén a toda prisa porque lleva retraso y no quieren acumular mas y cual es la sorpresa que nos llevamos que aquí no hay taxis, ni tuktuk ni la madre que los parió.
Pareciera diseñado por alguien que suspendió las clases de teoría
del color. Ya se que me repito pero es que el monocromatismo no existe en este
país.
No hay muchos restaurantes alrededor, se ve poca vida y Eva
está emputada por que no hay armarios ni espejo en la habitación, salvo el del
baño,. Según mi opinión el hotel es muy nuevo,
habitación muy grande, terraza con vista lateral al mar, pero es cierto que no
tiene armario.























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